viernes, 5 de marzo de 2010

CHILE: CRÓNICA DESDE LOS MÁRGENES ACCIDENTADOS





CHILE: CRÓNICA DESDE LOS MÁRGENES ACCIDENTADOS



De la infancia santiaguina recuerdo un enjambre de niñas corear junto a la casa vecina: “Bolivianos comen guano1 con las patas y con las manos”. Los “Barrientos” tenían el mismo apellido, en los años sesenta, del dictador boliviano.2 (En la guerra del Pacífico, desatada a fines del XIX entre Chile, Perú y Bolivia, el primero se apropió de Antofagasta, Tarapacá y Arica, del subsuelo salitrero y el mar territorial boliviano). El coro infantil de “cholo, cholo, cholo” en las escuelas chilenas y barrios urbanos inducía al estigma. El estereotipo recaía con mayor desdén sobre el mestizo y con más fuerza en el menosprecio que él mismo tiene hacia su propio cuerpo. Cifra la prosa mistraliana: “El garbo indoeuropeo exacerba en el mestizo la tosquedad [...] así se vuelve viles a nuestras gentes sugiriéndoles que la huida hacia el otro tipo es su única salvación.”

La presunción es rasgo nuestro; ciertamente no hay país donde se imite más servil y rápidamente al Viejo Mundo. Gabriela Mistral lo espetó en múltiples tribunas: “Nosotros no resistimos el éxito en ningún campo. Nos embriaga como un alcohol de madera o de caña, arrebatándonos la lucidez; nos evapora las flacas convicciones que tenemos y acaba por apabullarnos enteramente. El exitismo sudamericano es algo descomunal.”

Uno de los pueblos inconfundiblemente indio es el chileno. Sus apariencias externas pueden despistar pero no las psíquicas y sociales. El mestizaje chileno “parió un alma ingrata hija de la violencia racial”. Escribe sin tregua, con sentimiento de humillación inconsolable: “La cursilería nuestra me empalaga, los orgullitos, la soberbia y la maledicencia ociosa y temeraria.” Una observación microbiana de antropóloga autodidacta se filtra en las notas de su exclamación poética: “Una de las razones que dicta la repugnancia criolla a confesar el indio en nuestra sangre, uno de los orígenes de nuestro miedo de decirnos lealmente mestizos, es la llamada ‘fealdad' del indio. Se le tiene como una verdad sin vuelta, se la ha aceptado como tres y dos son cinco.”

Chile surgió de la más remota tierra usurpada por los españoles. Antes de la Conquista habitantes originales poblaban gran parte del sur: los mapuche. A la tierra de Chile se trasladó la esclavitud europea; se trató a los indios del sur de Chile como a siervos que no obedecen. Los mapuche poseían fuerza interna, pero eran una sociedad indócil y cerrada al extranjero. La “pacificación de la Araucanía” de los años ochenta del siglo XIX fue dura pero no aniquiladora. Un considerable número de mapuche resistió también a la dictadura pinochetista y lo sigue haciendo en los márgenes hostiles de la cultura concertacionista.3

La ideología racista nacida de la guerra de conquista se transfirió a los inmigrantes europeos. Recibió un fuerte estímulo, a la zaga, con la llegada de inmigrantes alemanes desde mediados del siglo XIX. Tal migración decimonónica amerita su propia etnografía; debe considerarse como un hecho distinto del ulterior asentamiento de un enclave nazi en Colonia Dignidad.4 La formación nacional de Chile ostentó una particularidad: la visible presencia nazi en la ordenanza de su historia moderna. Según la crónica citadina, el arribo del nazismo a Chile era ya visible en 1930, época en que se podía respirar en Santiago el aroma de la Alemania de Weimar o de Francia.

La revisión historiográfica permite descubrir que buena parte de la intelligentsia chilena del siglo XX transitó por el oscuro paso de la tentación totalitaria. Cabría acudir a las teorías históricas del fascismo para destacar la individualidad del caso chileno en esa perspectiva del debate.
Desde antaño los chilenos se sienten parte de la civilización occidental porque “son blanquizcos de piel, hablan el idioma europeo y se diferencian claramente de los indígenas, según lo estiman, lo desean y lo quieren.”5 Las fuertes migraciones europeas acontecidas desde fines de XIX, sobrealimentaron en Chile la aspiración de “la nación blanca”.

Por último, dos lamentos inclementes de Mistral nos turban en lo secreto: “Yo le di a este país mi vida en vano. No me quedo por no volver a vivir defendiéndome de los odios sin cara, de los odios hipócritas de los cuales no es posible la lucha honrada.” Y en otro parágrafo inquietante que en el ánimo desarraigado exacerba un “rencor tristón”: “A medida que envejezco a mí me importa más y más la geografía y menos la historia, el suelo mejor que el habitante.”

ROSSANA CASSIGOLI. LA JORNADA SEMANAL.
Notas:

1.- Heces de las aves guaneras en lengua quechua.

2.- René Barrientos Ortuño, militar cochabambino que gobernó Bolivia por tres períodos entre 1964 y 1969.

3.- Aunque la presidenta Michelle Bachelet firmó en noviembre de 2007 un proyecto de Reforma Constitucional para el Reconocimiento de los Pueblos Indígenas, considerado un paso importante en una nación omisa y racista como la chilena, más de veinte dirigentes mapuche permanecen encarcelados merced a una Ley antiterrorista heredada de la dictadura. El Estado chileno, que se jactaba de una renovada vocación democrática –reconociendo por vez primera a nueve pueblos originarios (mapuche, aymará, atacameños, diaguita, quechua, coya, rapa nui, kawésqar y yagán)–, persistió en violar los derechos de los pueblos y acosar militarmente la acción vindicativa de sus causas ancestrales.

4.- Aduciendo a la figura legal de una sociedad benefactora, un equipo de nazis presidido por el enfermero y cabo de la ss Paul Schäefer, en 1961 fundó un enclave en el sur de Chile: Colonia Dignidad (higienizado y rebautizado posteriormente con el eufemismo de Villa Baviera). Los delitos más atroces de la historia chilena en los primeros años de la dictadura se perpetraron allí. Gran parte de aquellos asesinos monstruosos que Chile engendró, viven hoy en Chile vidas apacibles a resguardo de un sincero repudio comunitario.

5.- Véase José Bengoa, Conquista y barbarie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario